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Navegación / Crucero Práctico

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4 errores frecuentes en el crucero: fondear, atracar, trimaje y amarras

16/01/15

Fallos demasiado comunes que comete el común de los navegantes, y no necesariamente solo los neófitos, que ponen en el punto de mira tanto la formación recibida como las mínimas normas de cortesía entre navegantes. ISIDRO MARTÍ

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Misterio. Verano tras verano, mi amigo Carlos, veterano patrón curtido en mil chárters, transportes y experiencias varias, me repite cansinamente los desastres que le han acaecido en sus diversos oficios veraniegos. Cansado de lo repetitivo de sus batallitas, le propuse tomarnos un gin tonic y recopilar las catástrofes, errores y dramas varios que ha recopilado durante la temporada.

Garrear en el fondeo
Es el más común. El personal fondea como le da la gana, donde le apetece y a despecho de cualquier vecino cuidadoso. Da igual que el tenedero no sea de fango, ellos sueltan el hierro donde les parece. ¿La sonda? No la miran para nada, pues filarán la mínima cantidad de cadena que les parezca. Cuanto menos, mejor. No guardarán un debido espacio de respeto para el borneo, porque sencillamente, desconocen lo que es. En cuanto el ancla se apoye en el fondo, dejarán de largar cadena, para saltar alegremente al auxiliar y salir disparados al chiringuito más cercano, a poder ser desde el que NO se ve el barco, no sea que les aporte un quebradero de cabeza adicional.

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Dejar suficiente cabo y cadena y tener en cuenta el borneo: dos normas que a menudo se olvidan.

En caso de que salte viento y un vecino cuidadoso suba a su barco para filar más cadena y evitar que su barco acabe en las rocas, en cuanto lleguen al barco, si se dan cuanta después de haber ingerido descomunales cantidades de alcohol, buscarán al culpable que les ha movido el barco y amenazarán con denunciarlo.
A Carlos le ha pasado de todo. Cuando el garreo ha sucedido de noche y ha despertado a los ocupantes cuando su ancla ya ha pillado una o dos anclas en su indefectible dramático arado submarino, Carlos ha saltado al auxiliar, y tras horas de ardua tarea pasando bozas, descruzando cadenas, filando aquí, largando allá, no ha recibido un sencillo ¡Gracias! de los patosos. ¿Para qué? Le han mirado con cara de “bien chaval, has cumplido con tu obligación”.

Error en la maniobra de atraque
Suelen llegar decididos, a más velocidad de la prudente, porque suelen tienen prisa. No han bebido suficiente en el fondeo. Necesitan más y urgentemente. No llevan cabos preparados en proa o popa. No explican a su tripulación la maniobra que van a hacer. No sacan el bichero. Ellos no lo necesitan. No prevén de dónde viene el viento. No digamos la corriente. Ellos no abaten ni derivan. Si llevan joy stick es peor. El vendedor les ha dicho que no se han de preocupar de nada. Bueno, antes ya lo hacían, pero con el nuevo invento además tienen coartada.
Carlos está plenamente convencido de que no saben si su motor es dextrógiro o levógiro. Si sus motores son de cola o de eje normal con pala de timón. A duras penas saben que llevan un motor o dos motores. En el caso excepcional de sacar el bichero suelen dárselo al tripulante más inexperto, al que colocan en proa, cual guerrero masai agresivo dispuesto a cobrarse su primer león. Porque lo que es explicarle, no le han explicado nada. Los errores en la maniobra suelen ser múltiples. Demasiada arrancada y marcha atrás incorrecta, ciabogas sin sentido frente al hueco, mientras las atribuladas tripulaciones de los vecinos se afanan a colocar defensas y más defensas, a la vez que intentan transmitir mensajes de calma y coherencia. Golpes de gas totalmente injustificados, hasta que por fin, colocan su barco en el amarre. Los vecinos han movido defensas, parado golpes, frenado inercias y tirado cabos que no estaban previstos. A veces les dan las gracias. Otras no, porque el patrón está demasiado ocupado abroncando a una tripulación que no ha sido debidamente adiestrada.

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En verano las aglomeraciones son frecuentes. La norma al abarloarnos es siempre dar un largo al muelle.

 

Navegar a motor mal trimados.
Carlos suele apreciar este clásico en la zona de Formentera, bien próximos a Ibiza. En el horizonte aparece una lancha, la eslora puede variar, pero se caracteriza por dos detalles: levanta mucho la proa y su estela es una catarata que ríanse ustedes de las fuentes de Montjuïch en Barcelona en la inauguración de los juegos del 92. El patrón no sabe que lleva mal colocados los deflectores o el ángulo de las colas, y que está consumiendo mucho más combustible del normal, a la vez que navega mucho más lento, porque no planea bien. Carlos me cuenta la anécdota de unos amigos suyos que navegaban invitados en un motorón desde la Península a las baleares hasta que se quedaron sin combustible. El patrón no trimó bien el barco, consumió una barbaridad y Salvamento Marítimo tuvo que sacarlos del apuro.

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Los motores buen trimados y la velocidad adecuada son garantía de eficiencia en el consumo.

 

Dar mal las amarras
Carlos entró en Ciudadela en fiestas de San Juan. Sí, ya sabemos que los amarres escasean, pero los charteristas mandan. De esto hace muchos años. Carlos entró con tiempo y amarró de costado al muelle. Y le fueron abarloando barcos. El de Carlos era un 36 pies, y ese 44 pies eligió a Carlos como vecino. La maniobra fue correctita, pero cuando el armador no dio un largo a tierra para evitar que las amarras de Carlos trabajaran el triple de lo normal, mi amigo pensó que era un despiste y le sugirió al nuevo vecino que diera un cabo largo a tierra. El nuevo patrón, de edad madura, navegaba con una bella señorita, y le contestó airado que nadie tenía por qué darle lecciones. Que él venía de Cerdeña y que su ciencia marinera superaba la de cualquiera que se le pusiera por delante. Aquí detectamos un rosario de errores: amarrar mal, no escuchar al vecino, ser mal educado y soberbio. Carlos pasó la noche oyendo sus amarras gruñir soportando el peso de su barco y el de otro mayor, gobernado por un tipo en la crisis de los 50. Y como algunos saben, en Ciudadela se mueve mucho el agua de entrada y salida, por los vientos, corrientes y la entrada del ferry.

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Los líos en las guías y los fondeos cruzados son frecuentes. Calma y maniobras suaves son las claves de un buen atraque.

Carlos apura su ginebra con tónica. Suspira y mira al mar, en dirección al muelle. Mira –dice por fin- pero lo que realmente me molesta es la soberbia. Mientras que yo reconozco que después de una vida dedicada al mar, todavía estoy aprendiendo sobre los barcos y la navegación, la frase que más detesto es la de “llevo más de 20 años navegando, y tú qué me vas a contar que yo no sepa”. Yo disculpo totalmente al novato, aunque sea imprudente o soberbio, o inconsciente, mientras no haga daño a nadie. Pero ese navegante que lleva 20 años navegando MAL es al que realmente retiraría el título. Mira que es difícil navegar sin aprender y evolucionar, pero es sorprendente que algunos lo consigan.
Acabamos nuestras bebidas y nos dirigimos al barco. Carlos se cruza con un amigo y éste le dice: ¿sabes que en Inglaterra no exigen títulos? Y Carlos le contesta: sí, amigo mío, pero si el error es del patrón, ya sea varada, accidente o abordaje, el seguro no cubre. Porque el patrón al contratar la póliza firma una declaración donde dice disponer de los conocimientos necesarios para realizar las navegaciones pertinentes.

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