Imatge de portada

Navegación / Viajes

<< VOLVER

La vuelta al mundo de Carlos Cuadrado: Cuando falla el piloto automático

5/08/20

La planificación más meticulosa puede venirse abajo en un instante. Carlos y Linda habían preparado cuidadosamente las 5.000 millas de la travesía del Índico, desde Indonesia hasta Sudáfrica, dividiéndola en tres partes (ver la entrevista al autor en N&Y 42). Pero todo se fue al traste por una avería inesperada. En medio del océano reaccionaron cambiando de planes sobre la marcha, valorando los pros y contras de cada opción, conscientes de que nadie podía acudir en su ayuda. El Mirniy sigue adelante con su proyecto de vuelta al mundo.Texto y fotos: Carlos Cuadrado

El Mirniy es un velero de 12 metros aparejado en queche perfectamente acondicionado para las largas travesías.

Todo ha cambiado en un segundo. El piloto automático ha dejado de trabajar. Estamos en medio del océano Índico, a más de 1.000 millas de nuestro destino, en Madagascar, muy lejos, demasiado lejos; y afrontar la peligrosa zona norte de esta isla con el desgaste que habremos acumulado no es una buena idea, ni lo es ponerse a la capa para descansar tan cerca de tierra. Aquí sopla un viento de más de 25 nudos, con rachas de 30, y olas de tres a cinco metros.

Me doy cuenta de que, aun sin estar en una situación de peligro extremo, el esfuerzo al que nos enfrentamos es enorme; no podemos esperar ninguna ayuda del exterior. Una voz interior me susurra “cuidado, la fatiga te hará cometer errores”, pero también siento que estoy preparado para este tremendo reto gracias a mis años de entrenamiento como atleta de élite y los valores de capacidad de sufrimiento, disciplina y determinación que el tenis me ha inculcado. Tengo que hacer un plan y tomar una decisión. Y tengo que hacerlo rápido.

La imposibilidad de arreglar el piloto obligó a Carlos y Linda a navegar 730 millas sin soltar la rueda.

Los problemas empezaron anteayer, cuando el piloto automático dejó de funcionar por primera vez. En un mundo perfecto tendríamos un segundo piloto y un piloto de viento, pero ese no era nuestro caso.
Me pongo al timón y pienso preocupado qué es lo que puede estar ocasionando el fallo. Necesito chequear el sistema, pero Linda sigue en cama —está con mareos desde que salimos de la protección de las Chagos, donde acabamos de pasar tres semanas de ensueño— y no puede llevar la rueda.

 

Capeando el temporal

En esta situación me tengo que poner a la capa. Recuerdo los libros de los grandes navegantes como Bernard Moitessier o Joshua Slocum explicando cuándo y por qué se pusieron a la capa. Es una maniobra que nunca he practicado —gran error, me digo a mí mismo—, pero no tengo elección y sin pensarlo dos veces, dejo los dos rizos en la mayor, cazo la botavara al centro de crujía mientras viro dejando cazada la escota del foque hasta que queda acuartelado, ¡y voilá! El barco encuentra solo una posición de equilibrio, con el viento entre 30 y 60 grados por la proa.

Siempre queda tiempo para capturar la belleza de la fauna que nos acompaña.

Lo que más me impresiona es que el abatimiento del barco forma unos remolinos a barlovento que protegen la embarcación de las olas rompientes. Me quedo unos minutos admirando esta sensación de paz y descanso, me aseguro de que las olas no nos vienen del través sino por la amura, y me dirijo a inspeccionar el sistema en busca de soluciones.

Ponerse a la capa es una técnica usada para tomarse un descanso, reparar algo en el barco o también de supervivencia para enfrentarse a un temporal. En nuestro caso ni el viento ni las olas son tan fuertes y de ahí que la maniobra sea más fácil y confortable; ahora ya no tengo que quedarme agarrado constantemente al timón.

Los niños siempre alegres ante los visitantes de lugares lejanos.

Arreglando el piloto

Empiezo a seguir cables, desde el navegador GPS hasta el ordenador central del piloto automático; aprieto conexiones, compruebo fusibles, chequeo el voltaje de las baterías; parece que todo está bien, no encuentro el fallo, la situación me supera, un miedo me corre por dentro, estamos demasiado lejos de nuestro destino. Tengo que encontrar otra solución.
Después de cinco largas horas agotando las opciones me doy cuenta que todo ha cambiado en un segundo. La noche se nos echa encima, me voy a la cama, ya pensaré mañana, necesito descansar.

No todo es navegar. Hay un tiempo para el océano y un tiempo para la tierra.

Me despierto pronto, no puedo dormir, mil pensamientos acechan mi mente. Empezamos a barajar nuestras opciones, cojo el teléfono satélite y pido consejo a mi electricista en Australia.
Desinstalo el piloto automático, limpio conexiones, vuelvo a montarlo ¡y funciona! Pero no mucho tiempo… Tras 24 horas, esta vez se fríe para siempre…

Por entonces, ya he digerido la idea de que vamos a tener que gobernar a mano. Ahora el siguiente paso es decidir hacia dónde.
Toca decidir

Barajamos nuestras opciones, Madagascar está a más de 1.000 millas, demasiado lejos; y afrontar la peligrosa zona norte de esta isla con el desgaste que habremos acumulado no es una buena idea, ni lo es ponerse a la capa tan cerca de tierra.

Islas Mauricio y Reunión están a 770 y 800 millas respectivamente, virando 30° hacia barlovento, posiblemente de ceñida y sufriendo las olas aún más si cabe por la amura: suena demasiado complicado. Seychelles en cambio está a 730 millas, más hacia el noroeste y aunque se aparta de nuestra ruta, es el punto más cercano; además el rumbo será más cómodo, ya que tendremos el viento por la aleta de estribor. Es nuestra mejor opción, la decisión está tomada.

Me pongo al timón, proa a Seychelles. La aventura ha comenzado. Se acabaron esas noches de guardia leyendo un libro o medio dormidos.

Linda disfrutando de las cristalinas aguas de las islas Chagos.

Debido a la dificultad de gobernar por el oleaje, decidimos ponernos a la capa por las noches para tener un equilibrio entre desgaste y descanso, pasamos de 140 millas a 70 al día: la travesía durará el doble de lo planeado. ¿Tendremos suficiente agua? ¿Y gas para cocinar? ¿Y comida?

En cuanto cambiamos el rumbo, el movimiento es más cómodo y Linda empieza a sentirse mejor. Buenas noticias, ahora podremos dividirnos el trabajo al timón.

Probamos todo tipo de combinaciones en las velas. Al ir casi de empopada, probamos un rizo en la mayor totalmente abierta y sin génova ya que queda desventado. Es más fácil de gobernar, pero vamos demasiado lentos.

Las Chagos son un paraíso que ningún navegante debería perderse.

Arriamos la mayor, ponemos el génova completo y la mesana. Tras unos pequeños ajustes parece que es la mejor combinación. Navegamos a 5-6 nudos y el primer día hacemos unas 70 millas. Gobernar el velero en estos mares del Índico es más difícil de lo que pensábamos. Las olas no siempre vienen de la misma dirección, parece que luchen entre sí.

 

El lento camino a las Seychelles

Día tras día vamos progresando. Cuando nos golpea una tormenta, no hay donde esconderse, hay que estar al timón con la concentración fija en el rumbo; nos pasamos todo el día bajo la intensa lluvia. El viento y la mar no parece que vayan a cooperar.

Disfrutando de un espectacular atardecer en el Índico.

Las islas Seychelles quedan cada vez más cerca. Contamos cuántas millas nos quedan una y otra vez, con los ojos fijos en el horizonte. Un poco más y ya llegamos me digo; pero no es así́, después de tres días, aún estamos a 250 millas. Cada día es más duro llevar la rueda. No podemos hacer nada más, sino armarnos de paciencia, y mantener nuestra determinación. Seguimos con la misma rutina, al timón en cuanto amanece y a la capa por las noches. Ese café que me prepara Linda mientras estoy bajo la lluvia me sabe mejor que nunca. Es curioso cómo cambian las cosas que aprecias cuando lo hacen las circunstancias.

Finalmente, después de seis largos días, el amanecer nos trae lo que parece una isla en el horizonte. ¡Gritamos tierra a la vista al unísono! Da igual lo agotados que estamos, sentimos una inyección de adrenalina y la euforia se apodera de nosotros: ¡lo hemos conseguido!

 

Afrontar el Índico

En nuestro proyecto de vuelta al mundo, la planificación de la travesía del Índico siempre ha sido una de las más exigentes y temidas. Son más de 5.000 millas desde nuestra posición en el oeste de Indonesia hasta Ciudad del Cabo en Sudáfrica que requieren una meticulosa preparación: barco y tripulación deben ser autosuficientes durante muchas semanas. En nuestro caso, somos dos a bordo del Mirniy, un velero de 12 metros aparejado en ketch.

Dividimos las 5.000 millas en dos largas travesías hasta Madagascar, vía Chagos, (territorio británico, situado a 500 millas al sur de Malé, en las Maldivas), seguidas de cortas singladuras atravesando el canal de Mozambique hasta llegar a Sudáfrica en uno de los océanos más salvajes, el Índico.

El Mirniy plácidamente fondeado.

La primera fase transcurre sin muchos percances. En 16 días llegamos a Chagos, auténtico paraíso y experiencia única para cualquier navegante.

Después de tres semanas de ensueño ponemos rumbo a Madagascar, a 1.600 millas náuticas y una previsión de 12 a 13 días de navegación.
El norte de esta enorme isla es una de las zonas más delicadas de la singladura donde los alisios se aceleran al encontrar tierra por primera vez desde que salen desde Australia. Sus mares infernales provocados por las fuertes corrientes son famosos entre los cruceristas y a nosotros nos han mantenido preocupados durante meses.